Una de las primeras medidas que el Ejército del Norte adoptó al iniciarse la guerra de la Independencia, fue instalar en Tucumán una Fábrica de Fusiles. Fue nombrado “protector” de la misma don Clemente de Zavaleta.

El 28 de diciembre de 1810, Zavaleta dirigió una proclama al vecindario pidiendo donativos para la fábrica. Expresaba a los “hijos y moradores del pueblo más patriota”, que “todos somos deudores a nuestra Junta Superior de un reconocimiento sin límites por el beneficio de la Fábrica que va a plantificarse”.

Entendía que se trataba de una verdadera “preferencia” para esta ciudad, debida acaso a “las ventajosas proporciones de su localidad, feracidad de su terreno, abundancia de selva y otros materiales necesarios para las albores que deben practicarse, así como su preferente mérito”.

Por todo eso, subrayaba, “que no se diga que los habitantes de la ciudad de Tucumán, cuyo bello carácter ha sido siempre la nobleza de ánimo, la generosidad, la bizarría, el desinterés y la franqueza, han cerrado la mano una sola vez a lo menos, imploradas para un donativo que cede en provecho público o de la causa pública”…

Apunta Ricardo Jaimes Freyre que estos donativos solicitados debían destinarse a la dotación de los obreros de la Fábrica de Fusiles. Ya 25 jóvenes “empezaban a ensayarse en el nuevo oficio, bajo la dirección de los herreros de la ciudad”. En “La Gazeta de Buenos Aires” del 9 de julio de 1811, se elogiaban los comienzos de la fábrica. Decía que ya se habían presentado a la Junta, como “primeros ensayos”, varias carabinas y pistolas “de la más excelente construcción, que quedan aplicadas al servicio”.